sábado, 5 de enero de 2013

El Rey que yo quiero

El Rey que yo quiero.
Es ninguno.
He preferido que fueran dos frases.
Como un falso segundo título. Es ninguno.
Un Rey que reconozca lo ridículo de escribirse a sí mismo en mayúsculas.
Pues no. No creo que exista. Un Rey que no se lo crea. Que diga, que no tiene sentido que yo sea Rey.
Un Rey que se autodestruya. No. No autodestruir en el sentido de hacerse chamusquina.
No. Es como...


Los barones, los condes, los marqueses... Siguen ahí.
Son ningunos.
Pero sus hijos, sus descendientes, todos. La Nobleza. Vuelven las mayúsculas.
Es ninguna.
Pero sí. Sigue viva. Sigue ahí. Sin duda para algo servirá. Eso no me cabe duda. Pero ya no opera.
Es una forma de decirlo. Ya no está presente o no del mismo modo. No son lo que eran. No son. Eso es así.

El Rey que yo quiero no es.
Tampoco es.
Ha cesado por la propia lógica de los acontecimientos, como los barones, los condes, los marqueses... Siguen ahí. Pero no. No son. No viven de las rentas. De lo que tenemos que poner todos al bote.
Es sencillo.
Si no hay dinero como para pagar hospitales, ¿Cómo va a haber dinero para un Rey a la antigua?
Ese viejo vicio de tener Rey. Un vicio caro. Un problema.
No es lo que quiero.

Mi país seguirá creciendo y lo veo lejos de Felipe VI.
Y lo veo mal.
Mal porque es un trauma.
Y generará problemas... O cambios en el punto de vista.
Es una problematica que puede afectar también a la unión del territorio, a la organización de los caudales, a la forma en la que se hacen las cosas de puertas para adentro. No es lo que queremos. Los nacidos en los noventa no saben nada de Tejero. No les importa lo más mínimo. El país se aleja. De los miedos del Franquismo: Odiosa mayúscula en este caso. De lo que fue... De lo peor... De lo que tanto temían.



Debería ser mucho más sencillo.
En fin.
El Rey que yo quiero no querría serlo.
Simplemente porque es injusto.

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