miércoles, 26 de junio de 2019

Estar, estamos

Pues hoy hemos hecho el último programa de radio de la temporada. Podéis escucharlo aquí o mañana jueves que se emite y el viernes que suena en redifusión en el 89.0 de la fm. Y podéis escuchar los anteriores aunque son agendas de conciertos semanales así que están obsoletos. Pero oye, están. Para estar obsoleto, antes hay que estar. Estar, estamos. La temporada que viene a saber si estaremos. Escucho versiones en directo de Gouge away de los Pixies, la reproducción automática de Youtube y sus cosas. Hoy he dicho en antena, que antes la gente escuchaba la radio y ahora escucha el youtube. Pero bueno, también escuchan nuestro podcast. Avisador sonoro, pelín pretencioso el nombre lo reconozco pero oye, está. Estar, estamos.
Seguir, seguimos.
Es lo suyo. Es lo nuestro. O lo mío, o eso quiero. Es algo. Eso seguro.
Y está. O estaba. Lo he mirado. Sigue estando. Hacía otro programa que está en stand by. Estar, está. En stand by lo he dejado en casi sesenta ediciones. Sesenta y pico. Solo música con licencia Creative commons y en descarga gratuita. Una condición como cualquier otra. Música libre que lo llamaba yo en las ondas, no sin cierto aire pretencioso, no se puede negar. Estar, estamos y pretenciosos somos, es innegable en ambos extremos. Y quiero retomarlo. La música libre mola per se. Porque mola. Porque es libre. La libertad mola se aprecie o no. Y mola. Y me molaba. Hacerlo y todo el rollo. Pero claro, cansa. Estar, cansa y hacer pues desgasta. Que a decir verdad he acabado hasta el último pelo de hacer programas de radio, así en general. Obvia decir que no es remunerado en ninguno de los dos casos pero estar, estoy. O hemos estado. O hasta hoy, ok. Hasta mañana, que es cuando se emite y pasado que se repite. Y rima. Mira tú. Todo parte de la convicción. Eso es así. Es todo pura convicción. Puritita convicción. Fé que podríamos decir aunque no tenga nada que ver con la religión. O sí. Porque a fin de cuentas suelto el responso y pongo los salmos. Algo de eso tiene. De misa en latín. Me gusta, es cierto. Me cansa, también. Supongo que es así necesariamente, que lo que gusta acaba por agotarte o llenarte tanto que de algún modo pierdes la perspectiva del primigenio disfrute pero estar, está. Está todo ahí.
Sigue.
El caso es estar. Y el caso es seguir. Sobre todo es hacer. Le decía ayer que tuve ensayo a los del grupo que el caso es hacer. Uno habla así de su grupito de mierda o entiéndase, banda que cobra lo mínimo y parece igualmente hasta pretencioso. Justo al contrario. Pero así son las cosas. Es todo balones fuera. Es culpa de otros. Porque lo de los grupos suena a la ostia, y ya ves, parece que tiene que ser la ostia, y tener siempre oropel y brillantina y yo qué sé, habitaciones de hotel y tal, y que va, si acaso pensión, y compartida en camas que parecen de casas de muñecas porque, al fin y al cabo no deja de ser cuatro tios y tal que se comen una mierda, en este caso  cuatro mierdas y que se juntan de cuando en cuando para darse la vara los unos a los otros, con sus disputas mínimas e íntimas pesquisas y se dedican a cargar trastos, trasportarlos de un sitio a otro y hacerlo sonar. Con desigual suerte. Pero no tiene nada de épico o eso creo yo. Y hablar de ello, pues no debería ser pretencioso. Pero claro. Es algo que tiene bambalinas y todo lo que tiene bambalinas, pues sirve para que algo no se vea. Hay mucho que no ver en lo de los grupos. Pero estoy perdiendo el hilo. No están tan mal los últimos discos de los Pixies sin Kim, opino.
Punto y aparte.
Me canso de explicarme aquí también. Es tedioso el tecleo. Pero bueno, no voy a quejarme. O no más. A lo que iba. Menos mal que tengo una cafetera hecha. Son las seis menos cuarto. Perfecto para un par de ellos en calma. Me tengo que dar una ducha. Hace un calor de mil demonios. Y tengo que mandar medio millón de emails para conseguir conciertos. Que era de lo que iba a hablar. Estar, estamos. Y tocar, tocamos. Pero hablando de tocar, ayer tocamos el tema de tocar. Qué divertido todo, ¿no? Pues no.
La banda tiene la costumbre de ir al bar antes del ensayo. Lo desapruebo fervientemente pero son tres contra uno. No es que siempre funcione la democracia pero hay buen rollo. Y es textual porque invitan. Todo bien por ahora pero estamos ante un parón y les comentaba planes para otoño... De ir a tocar y sobre todo, cuándo.... Y ellos preguntan generalmente por cuánto.... Y por cuánto cómo de lejos... En fin, mi management es claramente precario y de guerrilla pero supongo que esto no lo dejo lo bastante claro nunca por más que lo soslayo. Ese es el tema. Los soslayamientos. Es dificil en general y en cualquier tema de la vida poner a cuatro personas de acuerdo, no diría nada más al respecto. Todo lo demás me parece directamente un milagro.
La canción nueva la escucho y la escucho y ... Me gusta, supongo. Me gustó la primera vez. Y me gusta el vídeo ese enel que explican cómo la han hecho. Pero bueno, ahora escucho el nuevo disco de Orua que es un grupo de Brasil que me gustan tanto o más que los bostonianos que están un poco ya pues de aquella que te hacen dudar. Y lo copio pego para que lo escuchéis. Es una orden.





Mola bastante. Me gusta la batería del segundo tema y la guitarra que me recuerda a gaviotas. Gaviotas que dan mal rollo. Pero la batería y la pandereta molan a tope. La pongo a veces cuando pincho aunque la estrofa es muy oscura y las gaviotas dan todo el mal rollo.
A lo que iba. Que ya ni sé lo que era.
Pero aquí seguimos. Debería poner una lavadora, es lo único que tengo claro. Parece que han pasado tres vidas y es menos de una hora. Bueno, quizá hora y media. Y lo de la ducha. Entre medias, he regado. Y le he puesto comida a mi Canelita. Ahora si puedo le hago una fotillo y os la comparto. El pobre está hecho mistos. Se mete en todas las broncas callejeras. Y sale escaldado. Pero está. Que es lo que importa. O eso opino yo. No estar es importante a veces también pero menos. No sé. No son certezas y nunca lo han sido, amigos. Este blog tiene un alto contenido empírico. Y es solo por dar la chapa, no conviene olvidarlo. El principal motivo es ese. Dar la chapa. A lo que vamos, el chapón máximo. Lo del grupo.... Cómo moverlo. He pensado en escribir sobre esto. Bueno, estoy haciendolo ok. Aunque a esto a duras penas le llamo escribir. Es más tecleo. Es más pulsión. Es más excusa para no fregar pero a pesar de ello, lo es. Que es a lo que íbamos. Es, de hecho, en lo que estamos. Que ya tenemos ser y estar, vamos a usarlos. Adelante. Usemos nuestro ser. Más que nunca. En lo que nos dure el ser, que a mí los seres se me vuelven fueron con pasmosa rapidez, se me vuelven fuerones o fuéramoses o fuesésimos, porque me gusta a mí lo de inventarme palabras, oiga. Que no le van a dar lo mismo en ningún otro sitio, señora. Que este es género único. Fuéramoses. Fuesésimos. Lo que fuimos y lo que queda, los fueramos sido. Las construcciones erróneas de tiempo. En general, error. Y así se nos va haciendo la madeja que nos sostiene, a base de malas juntas y nudos apretados por otros. Pero bueno, contengamos el halo poético y volvamos a la discusión del pasado martes. Ensayar en martes, malamente. Peor en lunes, si te pones. Y había debate. Dani se va a Galicia y pensábamos dejar el local de ensayo pero oh fatos oh destino oh cruel fatalidad hay que avisar un mes antes. Así que, decidido ayer por consenso, nos quedamos el mes de julio a ensayar como trío. Con un par. Falta os hace ponernos las pilas. La banda suena y sobre todo, está viva. Que es lo que mola. Lo de ir al bar antes del ensayo, es bueno para el ágora pero malo para el ahora.  Y malo para el después. Para el tu tu pa pa. Y el empezar a cantar a tiempo. Y todo. Pero bueno, todo bien oye. Muy bien, de hecho. El caso es  Cometemos errores de principiantes pero si tienes que elegir un error, los de principiantes son los mejores sin ninguna duda. Y oye. Errores vamos a cometer. Me pongo a echar cuentas y se me va la cabeza. Hemos dado como seis o siete conciertos. Quizá ocho. Estamos más verdes que un valle y ensayos, pues echa poco más de una docena. Quince puede ser. No lo sé, no llevo la cuenta pero vamos, llevar lo llevamos con cuentagotas el ritmo. pero eso mola. Mola mucho. Que esté todo pendiendo de un hilo, engancha. O eso creo. En el escenario. Al ver a una banda. Eso mola. A mí me mola. De ver y de oir. Y de hacer.
A ver que me he liao ya de la ostia con lo de escribir y no escribir mientras estas escribiendo pero es justo de lo que venía hoy a hablar aquí. Que cada día tiene su afán, o varios. El de hoy fue el programa de radio, que parece que no, que es media hora de cháchara y sí, lo es, pero hay que poner música de fondo y que se escuche todo, en fin, no sé que a veces no se nos escucha y es un rollo. Es un rollo los problemas y tal. Pero mola. Fue el afán de hoy, entre otros, regar que es de misa diaria y que coma el gato, importante también.
Me ha dado bajón esta canción. Me cuesta seguir. Os la pongo a ver si os hunde.

Pero estar, estamos. Es lo que hay. Y hundidos o no, uno está hasta el final. Es lo que tenemos. Que somos pesados. Es lo bueno. Le tengo que hacer una foto para que lo veas. Está bonico. El tiempo pasa para todos. El Canelita ha tenido unos días malillos o muy malos, a decir verdad. La hemos pasado regular. Es un campeón y se ha curado guay a pesar de todo. 
Canelita, lo que estar, está.
No sé cuánto llevamos juntos. Debe ir como para cinco años, creo. Y es un gato callejero. Que aunque coma y tal. Luego el mundo exterior es igual de cruel con él que conmigo. Anda que si los humanos tuvieramos el celo. Y nos arañasemos los ojos. Ni twitter, ni nada. Pelo erizado, mirada y aviesa y a arañarse los ojos. A veces es mejor una colorada que ciento amarilla, totalmente de acuerdo. Youtube ha decidio que escucha a Bob Mould y a Sugar. BIen por Youtube por una vez, a veces me suena a REM la voz y es en las canciones que menos me molan. Tuve una cinta de REM y me hinché de escucharla con el walkman. Antes oíamos música, en el coche por ejemplo, para no escuchar a tus padres. Otras veces, no era como plan b. Pero muchas veces, sí. Como de barrera de sonido con las dos esponjitas en las orejas. Era guay eso. Ahora pasará pero de otro modo. Me tengo que ir en breve y no he hecho ni una mierda. He estado. Aquí en el ordenador pero no dejo nada hecho y es miercoles. Los miercoles me agobian. Los martes también. La verdad es que los lunes también me dan bastante ansía. Pero bueno, ahí vamos. Mañana es jueves. Los jueves me molan. El sábado tocamos. Que lo debería haber dicho lo primero. De hecho, sí. Es cierto. Todo era una treta para tenerte leyendo y colarte después de ochenta mil líneas que tocamos el sábado. Este sábado. El sábado 29 y si lo lees después, pues es demasiado tarde, amigo. Pero si lo lees antes oh parabien oh azar que te puedes pasar por Dúrcal y más concretamente por el escenario Peñagallo que me flipa el nombre y vernos a las cuatro y media de la tarde hacernos pedazos con el repertorio que hemos conseguido domar entre los cuatro en estos tres meses que llevamos dando la tabarra y que mola. Yo ando con la cabeza en otoño pero el sábado es el sábado. Y es un fiestón. La tercera vez que participamos en el Día de la Música en la Calle de Dúrcal que es una iniciativa muy chula de lleva la música a la calle a lo bestia con más de cuarenta grupos, una barbaridad. Es el sábado. Si os da tiempo, venid. Que nosotros estar, estaremos.

lunes, 24 de junio de 2019

El apego a una ensaladera

Estaba fregando hoy que no es que sea algo que suela hacer puntualmente sino que más bien lo pospongo todo lo que pueda hasta que no me queda otra opción y me asaltó un pensamiento con tanta bravura que tuve que reconocerme indefenso y pedir clemencia dejando a medio morir el fregadero, para secarme las manos y ponerlas en alto ante la fervorosa lucidez del planteamiento. Justo en ese momento tenía entre las manos una ensaladera de cristal redonda, que es perfecta, que es preciosa, que me encanta y que es muy útil, es pequeña pero perfectamente circular como el culo de una cáscara de huevo, y es de un cristal bueno, antiguo, como robusto y es mi ensaladera favorita, también la uso para arroz o pasta, y lo cierto es que le tengo un especial cariño. Es muy bonita. He pensado mientras el grifo seguía en su eterno discurrir de agua fría, la que uso para enjuagar, en lo absurdo de los apegos. Lo realmente absurdo que son los apegos. Y por otro lado, lo que nos definen. Lo que nos influyen. Lo que nos determinan. Los apegos que terminan por ser los aperos de nuestras emociones. Con lo que bregamos. Con lo que fregamos. Con los utensilios de cocina, por ejemplo. Pero era solo un ejemplo, la ensaladera de cristal. También una excusa para dejarlo a medias. Los apegos son muy personales, difíciles de desentrañar pero todos los tienen, a unas cosas, las viejas o de sus abuelas o a las nuevas, a las compras... Es extensible a todo, creo. El apego como el origen del amor. De un amor casi involutario. Que uno siente y no parece apercibirse. Hoy me ha pasado. He dicho, joder, yo quiero a esta ensaladera de cristal. Adelante. Díselo. LA quieres. Es la verdad. NO pasa nada. Dilo. Y eso hago. O lo intento. Los cariños especiales son siempre especiales pero lo son más aún si se procesan a una ensaladera, a una fuente de mesa o a una jarra de agua. Y, pareciendo una absurdez, pues tiene todo el sentido del mundo. En mi caso, era de mi abuela. La ensaladera, digo. Está todo perfectamente enhebrado en el tejido de los sentimientos. Tejido íntimo y bien anudado. Pero es regular el argumento porque mi abuela también tenía sarténes a las que no les tengo el menor aprecio. O moldes para tartas, me los pidió mi tia por cierto. Debería llevárselos. Nunca hago bizcochos. Hago poco en general pero bizcochos cero cero. El apego a unos utensilios y a otros, no. En el jardín había una hoz enterrado, y el mazo de un martillo, me pareció un símbolo demasiado potente. Y entre la mala hierba a lo largo de estos años, han aparecidos varios filos de azada y dos rastrillos. De hierro. Con los dientes soldados. Oxidados totalmente pero totalmente útiles. Los he ido utilizando o los he vuelto a enterrar. Como si fuera un ritual. Tiene que ver. Con el apego a los platos, yo los tengo de distintas épocas. Los que había en la casa, los que yo traje y los que vinieron con la mudanza de las cosas de la abuela. Siempre se vuelve a la familia si tenemos que buscar las claves, a veces te buscan a tí. No he tenido que comprar platos nunca, es lo que he pensado por fin tras secarme del todo las manos. Me siguen esperando los cacharros. Los he dejado con agua caliente, me he tomado un respiro. Pensar en los apegos cansa casi más que fregar. La ensaladera es preciosa, todo hay que decirlo. Si la viera en una tienda, me haría con ella. Aparte le tengo cariño, por tamaño y tal es perfecta para las cenas. Es útil. Quiero decir, hay un cierto grado de practicidad en la melancolía pensé, y me lo repito ahora para ver si me lo termino de creer. O si me entiendo del todo a mí mismo. En ese momento, ahora lo veo más redondo. Porque es eso. Había sarténes. Había más cacharros que no me importaron nada. Calentadores de leche. No sé ni donde están. Teníamos cinco paelleras, tres de ellas oxidadas. Es curioso como funcionan los trasteros familiares y cómo se dejan de hacer paella en familia de un día para otro por cualquier gilipollez. Pero ahí siguen. Ocupan su espacio. Consumen su tiempo al compás que marca el óxido. No habia apego con ellas. A nadie le importaba. Al final la encargas en un bar y te la llevas puesta. Luego no hay que frotar. Frotar es lo jodido. Lo digo yo que tenía el fregadero como las Navas de Tolosa. Trato de luchar contra ello. Contra el apego a las cosas absurdas, pero qué es la vida si no. Esos objetos. Esa ensaladera que ha sobrevivido a dos generaciones. Ese bonito brillo de Duralex. Se me han roto en ocasiones vasos o platos de cariño especial. Todo se rompe. Nosotros también. Es tonto el apego a lo que se ha roto pero a mí me pasaba que guardaba los trozos para un arreglo eventual con pegamento que nunca terminaba de llegar. Guardar los trozos, como concepto. Tiene todo que ver. O eso creo yo. Lo que creo es solo para dilatar el proceso de fregar los platos. Lo hago una vez cada dos semanas y a los largos de uno o dos días porque lo voy dejando a medias. A veces me gustaría que se me rompieran para no tener que frotar. Frotar es jodido. LA grasa es jodida. Con las sarténes no hay cariño que valga. Solo hay apego en el teflon. Cuando ves trozos de antiadherente que te los habrás comida con lo quemadillo de la tortilla o en la brasa del filete, cuánto trozo de sarten no habremos digerido. Con las sartenes he desarrollado una especial crueldad, me deshago de ellas con ningún miramiento. El amor a la ensaladera es diferente. El apego es como lo negro de la sartén. Como la grasa que tapa el aluminio inoxidable y lo vuelve oscuro y opaco. Es el tiempo. Es la muerte. Antes que frotar la sarten con un estropajo de metal, va al cubo de la basura. Hay sartenes a las que también he querido pero menos. Pasado el tiempo uno lo ve tan inocente como los amores primeros. Tan ingenuo como una carta de amor a un bol de cristal o un vaso de cerveza. Un amor que parece no confesarse hasta que se cae al suelo y se quiebra. Como los primeros amores, tan riíduclos y desproporcionados y sin embargo, nos representan. Es lo que somos. Lo primero que fuimos. Las primeras vergúenzas. Los primeros rubores. Lo mismo con la cacharrería. Pero se ve menos, no se pone de manifiesta. La gente no habla de lo mucho que quiere a su cazuela de barro donde hace la lasaña. Y no se habla y se debería. De tu tenedor favorito. O del plato hondo que te hace no querer otro y servñirtelo todo ahí. No se comenta porque no se habla de las manías. Es privado. Lo entiendo. Claro que sí. Uno parece un loco si se confiesa enamorado de una ensaladera redonda de cristal con el tamañó perfecto. Redonda como el glúteo de una modelo. Con el tamaño ideal para una ensalada de uno o una para dos. Un prodigio. UN amor. Una verdadera ensaladera perfecta a la que quiero con el alma. Esto no se cuenta. Cualquier día se resbala con el friegaplatos, se me escapa el estropajo o le cae un cazo encima y se rompe. Qué mal rato. Qué tonto el apego a una ensaladera. Qué tonto todo lo que escribo aquí. Qué tonto leerlo luego o incluso por primera vez. Pero es verdad. Y antes de que se rompa, pues mejor decirlo. Opino. Y vuelvo al fregadero, eso es todo.