martes, 30 de noviembre de 2010

Huir de la verosimilitud

Siempre me llamó la atención un antiguo slogan del periódico ABC, de la época en la que yo estudiaba periodismo. ABC. "Informaciones veraces". El lema estaba impreso, debajo de la gran cabecera de tres letras, en todos los toldos de los kioskos sevillanos. "Informaciones veraces". Quizá me la esté jugando la memoria y fuera en singular. Información. ABC. Veraz. Es practicamente lo mismo. ¿Qué es veraz? Apariencia de verdad. Es como mentir a sabiendas. Avisando.
Noticias que lo parecen.
Siempre me sorprendió esa frase.
La aparencia de verdad puede llegar a ser más importante que la verdad misma.
Hablo del periodismo de consumo moderno. Consumo tecnificado de actualidad y otras formas de apariencia.
Estoy convencido de que es así.
Al pensar en escribir ficción, no noticias ni reportajes, sino literatura, creo que hay que huir de la verosimilitud. La verdad se obtiene sin recrear su apariencia, que ya es el primer síntoma de mediación en el relato. Por definición, las historias siempre son extraordinarias y únicas en algún aspecto, ése es el motivo para contarlas, su curiosidad o su diferencia. Da igual que se trate de una conversación en el autobus o una pelea entre clientes en la cola del supermercado. No tiene reglas. Simplemente ocurre. No es veraz. Es extraña. Necesita antecedentes. Explicar el clima en el que se desarrolla la acción, para entender el final o la moraleja que suele ser inesperada. Por eso nos llama la atención, -¡sorpresa!- y la contamos al llegar a casa. ¿Sabes lo que me acaba de pasar en el autobús? O, ¿sabes lo que he visto en el Súper? Una realidad sin normas.
Nada verosimil.
Lo otro, la recreación medida no termina de convencer. A mi, al menos. No es un texto vivo. Se nota compuesto, falso de alguna manera. Confeccionado sobre patrones previos. Voces que se reconocen. Lugares comunes. Metaforas con animales. Duro como el acero. Oscuro como la noche. Planteamiento verosimil. Como en una obra de teatro amateur, en la que se acepta tácitamente el gesto exagerado y los andares de pato de los actores que sabemos que lo son, aunque no sean profesionales pero representan lo mejor que pueden el papel que se les ha asignado y que, después, se han aprendido. Esto no sirve en una novela. Los protagonistas de una manuscrito no pueden aprenderse sus diálogos de memoria.
Informaciones veraces.
Deben hablar todos, incluido el narrador como voz destacada y más veraz que ninguna otra, tal y como se comunican o como nos comunicamos los humanos. De forma inverosimil. Eso es. Hay que repetir ese milagro cotidiano con su ausencia de reglas. Nunca nadie ha dicho; Me he comprado un vestido oscuro como la noche. O nadie se quejaria de un colchón diciendo que está duro como el acero. Son cápsulas cargadas de veracidad, desde luego. Formulas que funcionan para no imaginarse nada. O lo mismo de siempre, que viene a ser igual. No digo que haya que escribir como se habla, es decir, con gruñidos, contradicciones, risas, insultos, gritos, frases que se dejan a medio terminar o que no se entienden del todo, o muletillas, o refranes. Hay que escribir como se comunica. Como se habla, sólo los diálogos. Mejor que no abuden, por otra parte. Con el concurso de las manos, la mirada, los ladeos de la cabeza, toda la expresión del cuerpo con sus mensajes contradictorios incluidos, ahí está la ultima capa de barniz de la historia que probablemente sea la que termine de darle el brillo.
Lo inverosimil es que nos entendamos, desde luego. Como una cosa cotidiana. En el autobus o haciendo cola. Todas las historias genuinas son dificiles de creer, por eso se cuentan. Las noticias se cuentan en una frase. Son sorpresas cortas. No necesitan explicaciones.
Una novela es una explicación muy larga para la que hay que escoger con mucho cuidado la pregunta.
En los silencios de nuestra escritura, se asentará, como en la vida, una historia peculiar, única y verdadera que casi siempre no tendrá esa apariencia y no resultará creible, todo lo contrario, será dificil de creer y dificil de explicar pero todos la podrán entender y les será familiar, gracias a eso, podrá  ser una historia finalmente conmovedora.

Huir de la verosimilitud.
Hay una lógica en los acontecimientos que no la tienen. Hay un patrón que puede intuirse, no sé si llegar a preverse. Una dinámica que se convierte en inevitable. El efecto inercia. Entender esa conjunción de factores, una tectónica de placas cotidiana que encaja todas las pequeñas realidades que nos componen y que se mueven tan lentas como el suelo que pisamos. Establecer ese ciclo de empastes, de ajustes, de engranajes desiguales, es lo que establece la peculiaridad de una ficticia realidad genuina, tan corriente y vulgar como cualquiera de nuestras vidas, observadas y anotadas con todo detalle hasta tal punto que lleguen a no parecernos verdad. Como si fuera una lista de la compra, una vida contada igual. Es así como se empieza. Huyendo necesariamente.
Contando las cosas de forma inverosimil.
Después, se corrige. No ajustándolo al mundo sino entendiendo sus propias claves, la lógica en los acontecimientos que no la tienen y que, sin embargo, se imponen.
Informaciones veraces, después de todo.
Lo que quería decir, en resumen, es que puede que el único camino hacia la verdad y en especial, la propia, sea huir de todo lo verosimil.


verosímil.
1. adj. Que tiene apariencia de verdadero.
2. adj. Creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad.




La imagen es el primer resultado en Google imagenes para la palabra verosimilitud.

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