miércoles, 3 de diciembre de 2025

Elogio de la inconstancia

 Me he propuesto acabar un relato que empecé hace tres años. Este blog siempre ha sido mi tabla de ejercicios narrativa. Mi espacio de calentamiento. Me predispone de otro modo cuando es un relato o asoma una novela. Otro tono. Me convence menos. Tenía el formato de diario. Difícil equivocarse así. Con el conteo de días. Me lo tengo que poner fácil para no dispersarme. Se me va el hilo. Me parece una mierda el borrador. Me cuesta entenderlo ahora. Es complejo. Antes lo tenía en la nuca y ahora es como si no hubiera existido. Pero me he propuesto acabarlo. Sea como sea, antes de que termine el año. Lo llevo avanzado pero es una mierda.

La perspectiva no siempre ayuda. Es preferible la confusión bien retratada. Confusión en pausa. La prosa poética no es mi idea. En lo del diario. Es sobre la gira. Y son todos desdichas. Penas con ritmo. Muchas penurias. La idea original era lo que me daba miedo antes de dar el concierto y lo que se verdad me asustó después. De eso van las canciones. Es un disco. Es una gira. El mismo título. El miedo no existe.

Debería ser: el miedo que sientes no es el mismo que acabas sintiendo. Regular redactado. Me hago cargo. Dejarlo en las ideas... Decir: pensé en esto pero no llegué a acabarlo. Casi mejor así. Estaba muy metido en el relato. Muy en lo intenso. Una lista de ideas locas. Sin verbos. Sin acción. Luego no escribo así. Intento narrar. Me queda a medio camino. No controlo lo que es divertido y lo que es miserable. O no sé el punto en el que pasa a ser uno u otro. Aquí todo es brocha gorda.


Se ha borrado dos veces. Tres párrafos en casa blancazo. Giros del guión. Se borró. Desaparecido. Y se publicó sin querer. Todo es un volver a empezar. Volver a dejarlo a mitad. No está mal dejarlo a medias. O que pasen cosas sin querer. El azar también quiere un refresco. Es una forma de librarse de morralla. No hay que acabarlo todo porque hay muchos empeños innecesarios o causas perdidas. O blogs. Hay que cansarse y echarse a un lado. Guardarlo en un cajón. Es bueno olvidar. Y ver una serie. Ir al cine. Olvidarse y seguir. Que se asiente el entusiasmo. Que se pierda y vuelva. O no vuelva nunca. Lo bueno, vuelve. Y ese era su proceso. El meandro necesario.

Se va a borrar una tercera. He bajado los libros de la mesita de noche. Había cercos de polvo. Había vida en el abandono. Volver a donde lo deje. Un par de frases o ideas que hubiera escrito de otra forma y voila. Se mete el nervio de decirlo todo por ti mismo. Y das el arreón. Luego igual no vuelves y no lo acabas. No pasa nada. Mejor sin fin. Sin fines específicos. Eso que te quitas. Eso que te ahorras. Otro final regular. Dejar la puerta abierta a una mala idea. Siempre hay tiempo para estropearlo. Tiene mala prensa la inconstancia pero nos libra de mucha idea peregrina.  

Me imaginaba un final diferente. Un final que nunca llega. Un padre ausente como final. Un adiós imaginado. Estoy con algo que deje a medias. Y entiendo perfectamente por qué. Me cuesta distinguir cuando merece la pena acabarlo y cuando no. Seguramente da lo mismo. Siempre es mejor empezar otro intento inconcluso. No llegar a ponerle titulo. Está bien no hacer porque te libra de cagarla pero aún está mejor no terminar porque te alivia del remate. De la guinda al pastel de mierda. Es excesivo. Cualquier intento es un aprendizaje. Odio lo de aprender. Es como el acomodo de la derrota. No lo consiguió pero aprendió a no conseguirlo y seguir haciéndolo. El tránsito de Venus en Sagitario tampoco ayuda. Y este maldito frío que me tira bocados en la chepa. Es como cancelar una cita. No tener que ducharte. Que peinarte. Que elegir la camisa. Preveer si hará frío. Ir muy abrigado. Pensar en temas de conversación por el camino. Por si se sienta el silencio a la mesas. Tener a mano temas de desahogo. Alguna pregunta. Alguna cuestión. Algo que nos conecte en conversación liviana e intrascendente. Y con solo una frase: al final no puedo. Lo dejamos para otro día. Es que estoy tosiendo. Como segundo apoyo a la desidia de no moverse de la manta. No tener que hablar. Librarse de los demás. Aplazar las charlas intrascendentes. Es bueno la pereza. Es un alivio. Es una forma de evitar conflictos. Es una manera de reservar energía.


La inconstancia nos libra del cliché. De querer hacernos una cabaña cuca en un lugar común. Atrincherado en el amor de la adolescencia. Parado en el primer beso que era más parecido a un mordisco. Parado en cualquier estación de autobuses de nuestra vida, quizá aquella sin remodelar aún, con todo el hollín y la negrura de la pintura descascarrilada y donde se quedó en una maleta un corazón para siempre. Como una piedra que cae de un desprendimiento y no se vuelve a mover en milenios. Un punto muerto. Un agujero negro. Un corazón roto. Toda es mierda de poesía barata está bien que se quede en cuadernos. En hojas rotas. En jirones de tiempo. Y nos libramos de palabras como jirones por ejemplo. Del tiempo es imposible librarse pero nos ahorramos el perderlo en lo que no terminamos. Lo que no fue. Lo que no nos pasó. Y menos mal. De lo que nos libramos. Un cómputo de salvadas. 


La inconstancia nos salva de acabar las cosas. De nosotros mismo. De nuestro destino. De finales sobados y oídos o leídos mil veces. Un final es un peso. Lo que no acaba siempre puede revertirse. Se podrá arreglar. Mejor no acabar las mierdas. Mejor quedar en tablas . Que no se confirme lo mediocre. Preferible a medias que entero y una mierda. Un boceto sucio. Que quizá... Que podría... Mejor puntos suspensivos a suspender y punto. No presentado. Se nos guarda convocatoria. Se aplaza la confirmación de la mediocridad. Lo que escribes te persigue. La coma que no pusiste. El punto y coma al que nunca diste trabajo. Y te pide una oportunidad.

Está ya bien de entrada de blog. Un poco de coherencia en la inconstancia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario